El premio en Bilbao:
http://www.deia.com/2013/05/30/ocio-y-cultura/cultura/los-libreros-vascos-premian-a-la-escritora-angeles-mastretta
Entrevista de Àngels Barceló en la radio Ser:
http://www.cadenaser.com/cultura/articulo/angeles-mastretta-emocion-cosas-coleccion-pequenos-regalos/csrcsrpor/20130531csrcsrcul_15/Tes
Reportaje en Televisión Española:
http://www.rtve.es/alacarta/videos/telediario/escritora-mexicana-angeles-mastretta-presenta-emocion-cosas/1841368/
lunes, 3 de junio de 2013
domingo, 26 de mayo de 2013
La emoción de las cosas en Madrid
Casa de América:
Conversación con Javier Moro dentro del ciclo "Describo que escribo"
Entrevista en el diario EL PAÍS:
http://cultura.elpais.com/cultura/2013/05/17/actualidad/1368818738_841453.html
lunes, 6 de mayo de 2013
Agenda
22 de mayo: Madrid. Casa de las Américas.
http://www.casamerica.es/literatura/la-emocion-de-las-cosas
1 y 2 de junio: firma de libros en la Feria de Madrid.
http://www.ferialibromadrid.com/mundodellibro.cfm
Para leer mientras tanto:
http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=2204071
http://www.casamerica.es/literatura/la-emocion-de-las-cosas
1 y 2 de junio: firma de libros en la Feria de Madrid.
http://www.ferialibromadrid.com/mundodellibro.cfm
Para leer mientras tanto:
http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=2204071
jueves, 25 de abril de 2013
Es abril
¡Cuántas cosas! Leerlos convoca una
emoción cercana que al mismo tiempo me urge y me alegra. Antes que nada, la
pena por nuestras venezolanas. Ellas están sufriendo y este blog con ellas.
Luego la precisa evocación de Paco. Qué personaje tuvimos el privilegio de
tener con nosotros. La última vez que me escribió, entraba a mi buzón como
Francisco Céspedes, me dijo que iba a algo muy arduo y que había dejado una
carta para mí. Se ve que la dejó escondida, porque no me ha llegado. De todos
modos, él aquí anda, con su paso inteligente y su mirada buena. Teresa nos ha
contado que renunció a una esperanza y que está triste y que no es ella la que
cedió. Yo le he dicho por correo: “tú eres la otra y eres la que renunció y eres la del sauna. Pero sobre
las tres eres la que cuenta a esas tres. No te entristezcas, eres una mujer
fuerte y audaz”. Manu dice que duda de mi regreso al blog. Tiene razón. No he
dado pruebas en contra, pero he de darlas. Igual que ha de irse, para mi pena,
el calor que agobia a nuestra Beatriz. A mí el calor me gusta. Así que aquí les
dejo un recuento de mi mirada en estos días.
Punto y aparte:
Es abril y hace un mes que estallaron las
jacarandas.
Con el aire cruzando sobre su tenue azul,
hará calor y estará en todo lo alto lo que a muchos nos parece la mejor época
del año. La ciudad pierde el pardo que suele acompañarnos a lo largo de meses
aciagos para el horizonte. Hasta el ruido de espanto con que cruzan los
aviones, sobre las casas del barrio, se atenúa. Porque uno puede salir a
caminar la calzada que riegan las primeras flores dormidas en el suelo.
Hay épocas que nos llevan a la infancia.
Y meses en que la juventud, o su memoria, toman todos los días y nos alzan en
vilo. Abril me lleva sin remilgo a cuando aún estaban vivos mis primeros
muertos y su presencia, -como la eternidad-, era un cobijo imposible de
apreciar. Del todo inverosímil que no existiera. Como ahora a tantos les parece
inverosímil que alguien se atreva a desafiar la certeza de que Bernal Díaz del
Castillo fue un soldado sencillo, pero genial, que puso ante nosotros una
emoción imposible de imaginar sin su ayuda. La ciudad milagrosa que vieron por
primera vez quienes luego vendrían a ser, también, para reivindicación de una
pitonisa llamada Malinche, la mitad de nuestros antepasados. Que si Bernal fue
Cortés. Yo qué sé. Para el caso de la paternidad, da igual.
En mi abril de hace cuatro décadas, el
puente que parecía infranqueable era el que conducía a la libertad. Bajo las
jacarandas: adivinar, desvelarse. Bajo las jacarandas: la urgencia de correr a
donde el mundo fuera promisorio de muchos modos, no sólo de uno. Porque la
promesa de casarse, -bien, mal o regular- estaba, sin duda, en la bitácora de
lo que podría ser la vida. Lo demás no. Ser periodista, no. Ser escritora, no.
Ser cantante, menos. Tampoco parecía
probable ser azafata, profesión que hoy me asusta, pero entonces quería yo a
toda costa subirme a los aviones, ir a otros lugares haciendo algo que no
parecía trabajo. Ahora sé que si alguien trajina en la faz del aire, son ellas.
En cambio en esos años conocer Italia y Sevilla, a cambio de servir la cena y
el desayuno no me parecía arduo. Pero, azafata, impensable. Ahí nada podía yo
intentar con el humillante uno cincuenta y ocho que medía. Además, hacer eso
quedaba en otra parte. Lejos. Bajo otras flores moradas. La juventud en cambio
estaba en la esquina de enfrente, en el profesor de italiano que dijo ser mi
novio porque no podía decir que ya era novio del otro profesor. Él me llevó de
la mano al teatro y sin que tocara nada más, --con sólo ser distinto y saber de
Roma en las tardes-, sentí entre las piernas el corazón que para allá se baja a
palpitar cuando el sexo despunta dándonos la sorpresa. Como las jacarandas.
El profesor tenía un nombre espantoso que
supongo inventó para ser más interesante. Tenía la piel oscura. Las facciones
toscas y cinco centavos en su futuro económico. Por fortuna no fue por eso que
lo perdí, sino porque apareció en escena mi tía Julia y me desalmó diciéndome
que el muchacho no se acostaba con mujeres.
Entonces, casi todos los hombres jóvenes
tras besar a sus novias visitaban la calle noventa. Un lugar remoto, en las
afueras de la ciudad y sin duda en otro mundo, al terminar el trazo de los
ángeles en el centro de la heroica Puebla. Y aquello que sabíamos a medias las
niñas bobas, doña Julia Guzmán aseguraba que él no lo hacía. “Eso está bien”,
dije yo casi presumida de haber hallado un tipo así. “Se acuesta con hombres”,
informó ella con la picardía jugando en sus labios, perspicaz, como era.
Iba a Puebla de vez en cuando cargada con
el tesoro de todo lo que yo ignoraba. Había escrito una novela que tituló
“Divorciadas”, lo que sin duda no le consiguió lectores. Nadie le había hecho
gran caso. Creo que el desaire sí le afligió, pero no lo decía. Yo la quise
tanto como me deslumbraba, pero luego he sabido que no muchos más lo
consiguieron. Así son las jacarandas, le hablan a cada quien distinto. Mi
extravagante tía abuela, escritora de telenovelas, traductora de obras de
teatro, amiga de la irreverencia y, en el fondo, solitaria, me dejó muda.
Entonces no se decía gay, ni homosexual. Se decían sustantivos, como insultos,
que ella nunca nombró. Era sólo que el muchacho se acostaba con hombres y que
yo, hasta esa tarde, a los diecisiete, viéndolo actuar en el pequeño teatro al
que llevé a mi tía para saber si por fin alguien lo aprobaba, supe que esas
siestas podrían ser tan ambicionadas como las que casi todo mi mundo imaginaba
para después de una boda con muñecos de pastel hombre-mujer. Ahora me da risa
contarlo: en ese mes de jacarandas, hace mil años, la experta voz de Julia
Guzmán me quitó la primera virginidad. Había hombres que dormían con hombres y
ni yo ni el pañuelo de mi mundo lo notamos. Sentí más alivio que congoja. Luego
la tía y mi tranquilo asombro se fueron a caminar bajo las jacarandas del
parque de San Francisco. Mi pretendido tenía novio, con razón era renuente y
dispar. Nada como las penas de la juventud vistas de lejos. Todas, menos la que
al poco tiempo se abrió como un agujero sin remiendo. Pero de ese penar ya he contado de más. Ahora estoy a mucho más
tiempo de haberme vuelto huérfana del que falta para que mis hijos sean
huérfanos. Aunque viviera noventa años, no alcanzaría a juntar tantos meses
como los que han pasado desde entonces.
Así que he de volver a lo de hoy. A las drásticas, efímeras jacarandas.
Pensando en una primavera más cercana,
pero también antigua ella y joven yo, recuerdo el desafío de Antonio Hass, un
hombre cuya erudición volvió de Harvard a Sinaloa, sin más deseo de compartirse
que el de ir platicando bajo el eterno
clima de abril de un pequeño
rancho.
La juventud…-empezó Toño. Perderla tiene
su gracia. Decía Buñuel: por fin matas al perro del deseo. -¿Cómo dice el poema
de Darío tras lo de “Juventud divino
tesoro que te vas para no volver cuando quiero llorar no puedo y a veces lloro
sin querer” A que no lo sabes.
--Claro que no lo sé, dije. Mi libro de
la prepa terminó ahí el ejemplo.
_Así hacen en la escuela, podan lo
extraordinario. Que la juventud es un tesoro, gran lugar común. La gracia viene
después: Plural ha sido la celeste
historia de mi corazón, dijo.
¡Santo cielo! hasta las jacarandas
envidiaron tal juego. Y todos a callar: Antonio, el paisaje, sin duda yo. Debió
ser plural y complicada la historia celeste de los amores de Antonio Hass.
Tampoco de ella hablaba aquel eterno soltero guapo, tan cerca de la literatura
y el piano. Tan lejos del matrimonio y de nombrar a esto que por fortuna ya se
puede nombrar bajo las jacarandas. Hay hombres que despiertan junto a hombres y
mujeres que sueñan con mujeres, en la misma cama. Para su dicha y la de quienes
los queremos, viven en paz. Aunque su matrimonio, como dijo el burro ministro
del Interior en España, no garantice la perviviencia de la especie. Como si la
especie estuviera de presumirse. Bien dice Daniela, mientras cepilla a un
caballo: “la especie humana está sobrevaluada”.
Muchas veces tiene razón. No cuando uno
visita la Rotonda de los hombres (ahora personas) ilustres, para ver las
jacarandas que ahí florean alrededor de una llama y las tumbas de personajes
cuya existencia alivia recordar: Juan Ramón Jiménez, Rosario Castellanos,
Agustín Lara, Amado Nervo. _Besarse
entre sus tumbas, _dice la amiga con que voy_ fue para mí una ceremonia que
siempre evoco cuando me urge un amuleto.
_¿Besabas novios en la rotonda?_ le
pregunto.
_¿Cómo se te ocurre? Besar ahí equivale a
un sacramento. Sólo a un novio besé en
la rotonda. Eso, sí, muchas veces.
La oigo y se lo creo. Recuerda que fue
por estos climas, que cuando se le olvida, casi nunca, vienen las jacarandas y
le recuerdan la fronda de aquel bautizo. Es cursi, mi amiga, ni modo. Tiene mi
edad y sigue padeciendo calenturas en abril. Hay quien conserva el privilegio
del deseo, como un perro que a todo sobrevive. Dichosa ella. Y las plurales
jacarandas.
domingo, 14 de abril de 2013
Ya sabes lo que eres
Todavía, de repente, me descubro
cantando a Sarita Montiel como quien dice un ensalmo que convoca a la infancia.
Subo la escalera con la estrofa “me dijo un requiebro que fue de mi agrado”. La
bajo con “agua que no has de beber, déjala correr, déjala, de-ja-la”.
Semejantes canciones, contando historias de hombres que abandonaban y de
mujeres apasionadas, cortaron el aire de mi niñez. Incluso cuando la mayoría,
dijera mi madre, no eran letras propias para mí. Sólo nos enseñaron a cantar
las inocentes. “Como aves presurosas, de pri-ma-ve-ra. En Madrid aparecen, las
violeteras”.
Me recuerdo vestida de madrileña, con un atuendo largo de lunares
y cola, que tenía un volante abajo. Y con un traje de fallera, trenzas
levantadas y peinetas pequeñas, bailando la tonada de “quisieeeera, en la
tierra valenciana mis amores encontrar”. No sabía entonces que el nacionalismo
era un daño mental y que exaltar las pequeñas patrias españolas era una trampa
que se vería luego más como un engaño que como una realidad.
En secreto, a mí lo que me gustaba oír era cuplés y tangos con historias desgarradas. En cuanto podía quedarme a solas con el tocadiscos y la portada del de Sarita Montiel metida en un vestido amarillo que sobre el pecho tenía, realzado, un ramo de flores, lo escuchaba hasta quedar mareada. A los nueve años me sabía a escondidas: “Ven y ven”. “Nena”. “Tú no eres eso”. Todas me las aprendí como el catecismo para adultos que imaginaba tan tortuoso como el de Ripalda, pero más ameno. “Si no es que me importe, haberte querido, que limosna también se da un pobre, y tú un pobre has sido”. Me impresionaba una mujer capaz de tales desplantes. Cosas para decirle a un malo, a los que fueran, yo las cantaba como algo incomprensible, porque vivía en el idílico mundo en donde todos los maridos, los hermanos y los padres eran perfectos. A saber cuál habrá sido la realidad completa, pero la mía era inocente y rota sólo por las palabras de Sarita.
Gracias a ella pude llegar a la adolescencia preparada con suficiente material herido como para enfrentar cualquier desaire. “Ya sé que has dicho a la gente, que a mí me has dejado, por irte con otra".
Aquí en México también había quienes le cantaban a la patria sin meterse en el problema de ver quién la gobernaba y cómo. Y también malos amores cantados por María Victoria, Toña la negra y Lola Beltrán. Pero mientras fui niña me quedaron más lejos. Sarita Montiel era una catedrática del mal de amores y el desplante con que debía enfrentarse. Más aún cuando descubrí que en los discos de las otras casas, ella no tenía un ramo de flores en el pecho, sino los pechos abiertos hasta la cintura como yo no había visto otros. En mi casa le habían puesto al disco una calcomanía, lo que acentuaba la condición de censura que debían tener sus cuplés. Cosas del mundo, para mí Sarita Montiel no fue un destello del franquismo, cantando para tapar los daños, para mí tuvo un aire de libertad, que aún me pega cuando subo la escalera diciendo: “Ya sabes lo que eres".
En secreto, a mí lo que me gustaba oír era cuplés y tangos con historias desgarradas. En cuanto podía quedarme a solas con el tocadiscos y la portada del de Sarita Montiel metida en un vestido amarillo que sobre el pecho tenía, realzado, un ramo de flores, lo escuchaba hasta quedar mareada. A los nueve años me sabía a escondidas: “Ven y ven”. “Nena”. “Tú no eres eso”. Todas me las aprendí como el catecismo para adultos que imaginaba tan tortuoso como el de Ripalda, pero más ameno. “Si no es que me importe, haberte querido, que limosna también se da un pobre, y tú un pobre has sido”. Me impresionaba una mujer capaz de tales desplantes. Cosas para decirle a un malo, a los que fueran, yo las cantaba como algo incomprensible, porque vivía en el idílico mundo en donde todos los maridos, los hermanos y los padres eran perfectos. A saber cuál habrá sido la realidad completa, pero la mía era inocente y rota sólo por las palabras de Sarita.
Gracias a ella pude llegar a la adolescencia preparada con suficiente material herido como para enfrentar cualquier desaire. “Ya sé que has dicho a la gente, que a mí me has dejado, por irte con otra".
Aquí en México también había quienes le cantaban a la patria sin meterse en el problema de ver quién la gobernaba y cómo. Y también malos amores cantados por María Victoria, Toña la negra y Lola Beltrán. Pero mientras fui niña me quedaron más lejos. Sarita Montiel era una catedrática del mal de amores y el desplante con que debía enfrentarse. Más aún cuando descubrí que en los discos de las otras casas, ella no tenía un ramo de flores en el pecho, sino los pechos abiertos hasta la cintura como yo no había visto otros. En mi casa le habían puesto al disco una calcomanía, lo que acentuaba la condición de censura que debían tener sus cuplés. Cosas del mundo, para mí Sarita Montiel no fue un destello del franquismo, cantando para tapar los daños, para mí tuvo un aire de libertad, que aún me pega cuando subo la escalera diciendo: “Ya sabes lo que eres".
viernes, 28 de diciembre de 2012
Pasándolo con alegría
Puerto libreros de mi corazón:
He pasado una navidad muy contenta y me dispongo, como ustedes, cerca de ustedes, a emprender el año nuevo en pos de la serenidad y la suma de alegrías.
Los quiero mucho.
Ángeles
He pasado una navidad muy contenta y me dispongo, como ustedes, cerca de ustedes, a emprender el año nuevo en pos de la serenidad y la suma de alegrías.
Los quiero mucho.
Ángeles
martes, 6 de noviembre de 2012
Pan de vivos
Queridos: Ya salió "La emoción de las cosas". Ya sé que muchos de ustedes lo saben porque el cariño es contagioso, pero se los digo formalmente para que nadie diga que no puse mi vástago a sus órdenes.
También les dejo aquí mi texto de noviembre en Nexos. Ojalá y puedan dejar un comentario, Manu no pudo, pero quién quita:
Parece que la estoy viendo. Detenida en la cumbre del Teide, un volcán de piedra verde y rojiza, suspendido entre las nubes, desde el que se presiente, abajo, la orilla del mar en la isla de Santa Cruz de Tenerife. Pilar Navarro nos llevó ahí por un camino alrevesado que en cada curva tiene un matorral de flores amarillas, mientras conversábamos como siempre bajo la luz de su inteligencia: lo mismo de música, que de política, de pérdidas, que de futuro, de los hijos que del jamás y, con toda la contundencia de cada hora, _sobre todas las cosas_: del presente. Porque ha sido su milagrosa concentración en cada segundo lo que ha puesto a Piluca, mujer de ojos intensos y cabeza iluminada, a sobrevivir tras la pérdida más grande que pueda cargar alguien.
Cada cual resuelve sus abismos como va pudiendo, y ella se dejó acompañar por los demás, pero sin una queja. Siguió adelante como si el legado de su hijo fuera el de Sabines: Si sobrevives, si persistes, canta, sueña, emborráchate. Es el tiempo del frío: ama, apresúrate. El viento de las horas barre las calles, los caminos. Los árboles esperan: tú no esperes, éste es el tiempo de vivir, el único.
Testimonio del fuego, Pilar Navarro acepta con sencillez la condición extraordinaria de su vida. Decir que es admirable, resulta un decir fácil, pero no doy con mejor modo de nombrar la reverencia que provoca. Verán ustedes, es de una calidez poco frecuente. Abraza, como para siempre, cada tarde que uno la encuentra. Nunca está lejos, aunque viva en Madrid. Hace más de quince años que la voy a buscar antes que a nadie. Y siempre que llego aparece al instante. Siempre, algo nuevo me enseña. Desde cómo encontrar el jabugo más fino, hasta la paz que puede haber bajo el techo de su casa, pasando por la naturalidad con que se quita un collar y me lo regala porque sí, porque le digo que es bonito. Pilar es de tal modo generosa que puso a sus amigos en mis manos y me los ha prestado para siempre. Por eso he podido llamarlos ahora que estuvo por cuarta vez, litigando para cruzar un río.
Cuando viene a México no juega a ser turista, llega a vivir el día que toca, en la casa que la cobije. Incluso si la turista quiero ser yo que acabo llevándola a ver la exposición sobre el emperador Moctezuma, para que ambas salgamos sorprendidas como venados en mitad de la noche, a tomarnos fotos junto a la Coyolxauhqui, piedra que tuvo cien hijos, adorada y temida hace no tanto tiempo, como parece. Quizá unas veinte generaciones de nacidos en este suelo. ¿Qué tanto será eso, comparado con los doce millones de años que guarda bajo su cresta la Iztaccihuátl?
Pilar suele venir cerca de los cumpleaños, para acompañarlos con la lumbre de su voz ronca. Casi siempre se queda en casa de los García Barcha, porque así aprovecha para conversar largo con Mercedes y ver a su a marido andar la casa con sus pies cavilantes y pequeños, con su cabeza excepcional diciendo cosas al aire, como quien las escribe. “Pan de muertos. ¿Por qué le llaman pan de muertos? Hagan pan de vivos”, nos dijo el noviembre pasado.
Hace dos años, Piluca vino al cumpleaños de nuestra amiga que este noviembre cumple, dice ella, la mayoría de edad. Mercedes, otra mujer cuya contundencia valiente es necesaria como el agua de todas las mañanas. Mercedes moviendo el mundo como si fuera un sencillo globo terráqueo, sabiéndolo todo de todos, atando los hilos del teléfono a cada uno de los lugares en donde tiene amores. Mercedes, otra que desconoce las quejas frente a los sin remedio, que cuenta el infortunio con el pasmo bendito de una diosa susceptible, pero impávida. Como la audacia misma, que tiene en todo el cuerpo. Mercedes, a quien cualquiera acude si de lidiar lo incomprensible se trata.
Dos fuerzas de la naturaleza, son amigas entre sí, y son mis amigas. Mayor responsabilidad sólo cargar a solas la otra piedra que también es diosa, ésa que tiene serpientes en lugar de trenzas: la indescifrable Cuatlicue puesta en el centro del Museo de Antropología, para que nos quede claro lo difícil que es entender este país. Éste en el que Mercedes acunó a su genio y creció a sus hijos. En el que ha vivido media vida, al que entiende y valora como suyo.
Ser fiel a estas mujeres es uno de esos privilegios que se pueden reconocer desde el principio. Cosa nada más de acogerse al abrigo de sus palabras y su índole bravía. Cosa de agradecer al designio de quién sabe qué astros, porque no se nos dan los dioses ni los diablos. Cosa de sentir que todo esto es un regalo de esos que otorgan los enigmas de otro sabio: el vago azar o las precisas leyes, que rigen este mundo, los llamó Borges.
Para que Pilar viniera este año, es que la andábamos buscando sin poder encontrarla. Ahora sabemos que se le atravesó un contratiempo. De esos que ella acostumbra sortear como si fueran las olas tibias de una playa en el Pacífico, entre las que pasamos una mañana entera contándonos la infancia. Ahí supe de sus hermanas y sus papás, de Tenerife y el colegio, de las cosas que dejó y la dejaron. Ahí le expliqué la trama entre mis padres y las nubes en que vivían. Ahí supe de los esquís y el árbol, del arbitrio feroz que hubo en la nieve. De su pena y sus fuerzas.
En las tardes nos poníamos a flotar en la terraza por la que atravesaban unos pelícanos ensimismados, a la altura de nuestras narices. Y estábamos en silencio ratos largos, como volando, con nuestros picos largos y cerrados, con los ojos abiertos en busca de unos peces brillantes, como la memoria. Estábamos en la casa de Leonor Ortiz. Lo digo, la pienso, y estoy segura de que vivo entre leonas muy bravas. Pero ella es otro canto que les contaré luego. Una como mi hermana que el mes pasado cursó por un choque y cinco cirugías, como si fuera en góndola por Venecia.
Digo bien, vivo entre leonas. Por eso, a pesar de cuánto me dizque urgía dar una explicación gramatical que justifique mi enfado cada vez que alguien, _siempre con más frecuencia en la radio y la tele_, usa mal la condición auxiliar del verbo haber, tuve a mejor irme al camino angosto y arduo que sube hasta la cumbre de un volcán sobre cuyo cráter se puede andar entre piedras talladas por el tiempo, piedras tramadas con metales preciosos. Piedras como la índole de Pilar Navarro. Piedras indemnes como Mercedes, Leonor y Verónica. Piedras que iluminan. Digo bien: vivo entre leonas. Entre leonas haciendo pan de vivos.
P.S. No me puedo aguantar el asunto del verbo haber. Ayer la voz de Pilar salió por el hilo celeste de un teléfono móvil. Otra vez cruzó el río, subió la cuesta, y desde ahí respondió a mi llamada. Ya se había ido a la compra, había vuelto feliz del mercado en donde hubo panes y fruta, pescado y jamón, queso y azúcar. Hubo, no digo “hubieron”, porque se oye espantoso y porque se vale explicar que el verbo haber, cuando tiene como significado existir, es un verbo defectivo. Sólo puede conjugarse en la tercera persona del singular o del plural. No es necesario saber este enredijo para decir con naturalidad; “no hubo boletos”, en lugar de “no hubieron boletos”, como consecuencia lógica de que se dice: “no hay boletos” en vez de “no han boletos”.
Es caprichosa la gramática, pero se oye mejor. También se oye mejor: “Muchos estamos a favor de la paz”. En vez de: “Habemos muchos a favor de la paz”. Pero la razón de esta música se las puede explicar, a quienes les interese, el diccionario de la RAE. No esta escritora, que quiere abreviarse la explicación de por qué no se usa haber, sino estar, en ciertas ocasiones.
Mil besos, A.
También les dejo aquí mi texto de noviembre en Nexos. Ojalá y puedan dejar un comentario, Manu no pudo, pero quién quita:
Parece que la estoy viendo. Detenida en la cumbre del Teide, un volcán de piedra verde y rojiza, suspendido entre las nubes, desde el que se presiente, abajo, la orilla del mar en la isla de Santa Cruz de Tenerife. Pilar Navarro nos llevó ahí por un camino alrevesado que en cada curva tiene un matorral de flores amarillas, mientras conversábamos como siempre bajo la luz de su inteligencia: lo mismo de música, que de política, de pérdidas, que de futuro, de los hijos que del jamás y, con toda la contundencia de cada hora, _sobre todas las cosas_: del presente. Porque ha sido su milagrosa concentración en cada segundo lo que ha puesto a Piluca, mujer de ojos intensos y cabeza iluminada, a sobrevivir tras la pérdida más grande que pueda cargar alguien.
Cada cual resuelve sus abismos como va pudiendo, y ella se dejó acompañar por los demás, pero sin una queja. Siguió adelante como si el legado de su hijo fuera el de Sabines: Si sobrevives, si persistes, canta, sueña, emborráchate. Es el tiempo del frío: ama, apresúrate. El viento de las horas barre las calles, los caminos. Los árboles esperan: tú no esperes, éste es el tiempo de vivir, el único.
Testimonio del fuego, Pilar Navarro acepta con sencillez la condición extraordinaria de su vida. Decir que es admirable, resulta un decir fácil, pero no doy con mejor modo de nombrar la reverencia que provoca. Verán ustedes, es de una calidez poco frecuente. Abraza, como para siempre, cada tarde que uno la encuentra. Nunca está lejos, aunque viva en Madrid. Hace más de quince años que la voy a buscar antes que a nadie. Y siempre que llego aparece al instante. Siempre, algo nuevo me enseña. Desde cómo encontrar el jabugo más fino, hasta la paz que puede haber bajo el techo de su casa, pasando por la naturalidad con que se quita un collar y me lo regala porque sí, porque le digo que es bonito. Pilar es de tal modo generosa que puso a sus amigos en mis manos y me los ha prestado para siempre. Por eso he podido llamarlos ahora que estuvo por cuarta vez, litigando para cruzar un río.
Cuando viene a México no juega a ser turista, llega a vivir el día que toca, en la casa que la cobije. Incluso si la turista quiero ser yo que acabo llevándola a ver la exposición sobre el emperador Moctezuma, para que ambas salgamos sorprendidas como venados en mitad de la noche, a tomarnos fotos junto a la Coyolxauhqui, piedra que tuvo cien hijos, adorada y temida hace no tanto tiempo, como parece. Quizá unas veinte generaciones de nacidos en este suelo. ¿Qué tanto será eso, comparado con los doce millones de años que guarda bajo su cresta la Iztaccihuátl?
Pilar suele venir cerca de los cumpleaños, para acompañarlos con la lumbre de su voz ronca. Casi siempre se queda en casa de los García Barcha, porque así aprovecha para conversar largo con Mercedes y ver a su a marido andar la casa con sus pies cavilantes y pequeños, con su cabeza excepcional diciendo cosas al aire, como quien las escribe. “Pan de muertos. ¿Por qué le llaman pan de muertos? Hagan pan de vivos”, nos dijo el noviembre pasado.
Hace dos años, Piluca vino al cumpleaños de nuestra amiga que este noviembre cumple, dice ella, la mayoría de edad. Mercedes, otra mujer cuya contundencia valiente es necesaria como el agua de todas las mañanas. Mercedes moviendo el mundo como si fuera un sencillo globo terráqueo, sabiéndolo todo de todos, atando los hilos del teléfono a cada uno de los lugares en donde tiene amores. Mercedes, otra que desconoce las quejas frente a los sin remedio, que cuenta el infortunio con el pasmo bendito de una diosa susceptible, pero impávida. Como la audacia misma, que tiene en todo el cuerpo. Mercedes, a quien cualquiera acude si de lidiar lo incomprensible se trata.
Dos fuerzas de la naturaleza, son amigas entre sí, y son mis amigas. Mayor responsabilidad sólo cargar a solas la otra piedra que también es diosa, ésa que tiene serpientes en lugar de trenzas: la indescifrable Cuatlicue puesta en el centro del Museo de Antropología, para que nos quede claro lo difícil que es entender este país. Éste en el que Mercedes acunó a su genio y creció a sus hijos. En el que ha vivido media vida, al que entiende y valora como suyo.
Ser fiel a estas mujeres es uno de esos privilegios que se pueden reconocer desde el principio. Cosa nada más de acogerse al abrigo de sus palabras y su índole bravía. Cosa de agradecer al designio de quién sabe qué astros, porque no se nos dan los dioses ni los diablos. Cosa de sentir que todo esto es un regalo de esos que otorgan los enigmas de otro sabio: el vago azar o las precisas leyes, que rigen este mundo, los llamó Borges.
Para que Pilar viniera este año, es que la andábamos buscando sin poder encontrarla. Ahora sabemos que se le atravesó un contratiempo. De esos que ella acostumbra sortear como si fueran las olas tibias de una playa en el Pacífico, entre las que pasamos una mañana entera contándonos la infancia. Ahí supe de sus hermanas y sus papás, de Tenerife y el colegio, de las cosas que dejó y la dejaron. Ahí le expliqué la trama entre mis padres y las nubes en que vivían. Ahí supe de los esquís y el árbol, del arbitrio feroz que hubo en la nieve. De su pena y sus fuerzas.
En las tardes nos poníamos a flotar en la terraza por la que atravesaban unos pelícanos ensimismados, a la altura de nuestras narices. Y estábamos en silencio ratos largos, como volando, con nuestros picos largos y cerrados, con los ojos abiertos en busca de unos peces brillantes, como la memoria. Estábamos en la casa de Leonor Ortiz. Lo digo, la pienso, y estoy segura de que vivo entre leonas muy bravas. Pero ella es otro canto que les contaré luego. Una como mi hermana que el mes pasado cursó por un choque y cinco cirugías, como si fuera en góndola por Venecia.
Digo bien, vivo entre leonas. Por eso, a pesar de cuánto me dizque urgía dar una explicación gramatical que justifique mi enfado cada vez que alguien, _siempre con más frecuencia en la radio y la tele_, usa mal la condición auxiliar del verbo haber, tuve a mejor irme al camino angosto y arduo que sube hasta la cumbre de un volcán sobre cuyo cráter se puede andar entre piedras talladas por el tiempo, piedras tramadas con metales preciosos. Piedras como la índole de Pilar Navarro. Piedras indemnes como Mercedes, Leonor y Verónica. Piedras que iluminan. Digo bien: vivo entre leonas. Entre leonas haciendo pan de vivos.
P.S. No me puedo aguantar el asunto del verbo haber. Ayer la voz de Pilar salió por el hilo celeste de un teléfono móvil. Otra vez cruzó el río, subió la cuesta, y desde ahí respondió a mi llamada. Ya se había ido a la compra, había vuelto feliz del mercado en donde hubo panes y fruta, pescado y jamón, queso y azúcar. Hubo, no digo “hubieron”, porque se oye espantoso y porque se vale explicar que el verbo haber, cuando tiene como significado existir, es un verbo defectivo. Sólo puede conjugarse en la tercera persona del singular o del plural. No es necesario saber este enredijo para decir con naturalidad; “no hubo boletos”, en lugar de “no hubieron boletos”, como consecuencia lógica de que se dice: “no hay boletos” en vez de “no han boletos”.
Es caprichosa la gramática, pero se oye mejor. También se oye mejor: “Muchos estamos a favor de la paz”. En vez de: “Habemos muchos a favor de la paz”. Pero la razón de esta música se las puede explicar, a quienes les interese, el diccionario de la RAE. No esta escritora, que quiere abreviarse la explicación de por qué no se usa haber, sino estar, en ciertas ocasiones.
Mil besos, A.
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